La historia de la mujer que llora en el bus

El martes de la semana pasada me subí corriendo a un bus casi vacío. Me subí en la puerta trasera y caminé por la mitad del bus hasta adelante, adelante y me senté al lado de una señora que miraba por la ventana. La mujer a quien ignoraba por completo, llevaba unos audífonos. Me di cuenta porque cuando empezó a sollozar como si algún familiar se hubiese muerto -eso pensé- la miré. No puede ser que me toque la historia de la mujer que llora en el bus a mí. No puede ser. A mi esposo le ha tocado esa historia, y yo estaba segura de que a mí jamás me tocaría, pero supongo ahora que a todos nos tocará alguna vez. La mujer que llora empezó a girar cada vez más su cabeza hacia la ventana, como si el hecho de que no la vieran disimulara su llanto escandaloso. La miré ansiosa varías veces sin saber qué hacer. Con todas las sillas vacías que habían yo me había sentado justo al lado de la mujer que llora en el bus ¿por qué? Su llanto estaba lejos de ser algo sutil o un par de lágrimas derramadas en silencio. No. Mi recorrido no duraba más de cuatro minutos pero fueron los cuatro minutos más largos de mi vida. Cuando ya iba llegando a mi parada asumí mi papel de persona que se encuentra con la mujer que llora en el bus y le toqué el hombro. Ella me miró con su maquillaje corrido y yo le pregunté si estaba bien. Ella con una sonrisa falsa me dijo que sí. Después de eso todo fue una escena cómica, imagino. Porque yo le pregunté que si quería que orara por ella y ella, al parecer escuchando música -imagino que depresiva- a todo volumen me miraba como si hablara en otro idioma y me respondía ¿qué? Entonces yo le repetía nuevamente la pregunta y ella volvía a responder lo mismo, hasta que en una tercera vez me dijo: amén, gracias. No entendí. Ninguna de las dos entendió nada. Le sonreí sintiéndome patética y repitiéndome internamente: no puede ser que me toque la historia de la mujer que llora en el bus. A los pocos segundos el bus paró en la estación y yo me levanté y me bajé.

No sé aún por qué me tocó a mí la mujer que llora en el bus, lo cierto es que, con ella me encontré también con una nueva yo, una que le habla a una desconocida en la calle porque siente dentro de sí que es su deber hacerlo y yo, la vieja, jamás había respondido a nada más que a mis incapacidades.

Anuncios

Hacer ejercicio y la voluntad

Hacer ejercicio es de esas cosas que más prueba la voluntad y la adiestra. Exponer al cuerpo a un intenso sufrimiento e ir más allá de sus límites me parece que requiere determinación, porque es más fácil quedarse acostado, pero a la salud no le va bien la quietud. Y así mismo veo el resto de cosas. Para todo necesitamos voluntad, porque siempre lo fácil es lo que queremos hacer, lo que deseamos y no nos cuesta. En el cristianismo eso es lo que se conoce como la carne: los deseos, lo que no necesita de ningún esfuerzo, como comerse el dulce favorito, hacer una maratón de series o quedarse dormido en vez de hacer ejercicio. Pero no hay que ser cristiano para saber que esa clase de cosas aparte de generar placer, no traen nada bueno, incluso, lo que traen es un poco de culpa.
Hace unos cuatro años empecé a hacer ejercicio de manera regular cinco veces por semana. El sufrimiento trajo sus frutos, porque al inicio incapaz de levantar mi propio cuerpo en una flexión de pecho, después de mi constancia durante más o menos dos años, no solo podía levantar mi cuerpo, sino que me volví fuerte, mis músculos se tonificaron y crecieron. Y no solo ver un cuerpo agradable en el espejo trae satisfacción, que es buena para la autoestima, sino el sacrificio que se invirtió día tras día es lo que más empodera la voluntad, el saber que después de todo: lo puedo hacer, lo hice yo, día a día, con mi voluntad de acero comprometida a no renunciar ni retroceder.
Esto no es cualquier cosa, hay gente que ve en el ejercicio una banalidad, pero quien ha tomado la decisión de hacerlo sabe que tras la banalidad hay algo que el resto no tiene: una fuerza de voluntad inquebrantable. Una voluntad que se ejerce a pesar de. Y es por esto que el ejercicio me impresiona. Yo poco a poco dejé de hacer ejercicio hasta que lo saqué de mi rutina e intenté retomarlo durante esos dos años de sedentarismo, pero no lo logré. Ya no tenía esa misma voluntad de años atrás. El ser humano es moral intrínsecamente, necesitamos una justificación para hacer algo. Si queremos cancelar alguna cita, no solo acudiremos a que tenemos pereza de ir, sino que interiormente echaremos mano del clima, del tráfico, incluso, de nuestra salud, es decir, echaremos mano de los que nos permita justificarnos a nosotros mismos -sí, aquí se trata de nuestro mundo interior- la decisión que ya tomamos. No necesariamente estamos mintiendo, estamos justificándonos por qué no hicimos algo que debíamos hacer. Es imposible no hacerlo, corre por nuestra naturaleza. Y así fue que empecé a poner mil excusas: duele mucho, si empiezo hoy esta semana estaré adolorida y debo hacer equis cosa, es que no tengo con qué hacer ejercicio, no tengo una proteína para después de entrenar, no tengo pesas, no tengo plata, no tengo, no hay, no puedo. Y en el fondo al recordar cuando hice ejercicio en el pasado me asombraba porque no entendía cómo había podido hacerlo. Me asombré de mi propia voluntad en el pasado ¿dónde quedó?
Así nos encontramos gente por la vida, incluso nosotros mismos, es que esto pasó porque fue muy difícil de frenar, no pude dejar a mi ex novio/a que no me conviene porque me da pesar/porque lo amo, dejé de hacer esto porque me ocupé, en el pasado me pasó esta cosa y por eso soy así. En el fondo lo que estamos diciendo es que somos incapaces de ejercer nuestra voluntad, porque como en el ejercicio, si nos duele nos retiramos, si nos cuesta es demasiado para nosotros, si es difícil mejor no lo hago, si no me va a gustar entonces no.
Con mis músculos flácidos, sin fuerza y en el peor estado físico, decidí retomar esta vez sin excusas. Porque la vida va pasando y la salud no será siempre la misma. Hace cuatro semanas una amiga nos contó que empezó a hacer ejercicio porque le daba energía y dejó de sentirse cansada. Con esto en mente empecé a hacerlo y llevo cuatro semanas juiciosa. El cuerpo no es tan desagradecido como parece, las flexiones de pecho cuestan pero se logran, los músculos se tonifican rápido: el cuerpo tiene memoria. Pero lo más impresionante ha sido ver mi voluntad. Hacer ejercicio no es fácil, uno sabe de antemano que va a doler, va a sudar, que va a temblar, que le va a costar, que va a sentir que no puede hacerlo y que no quiere hacerlo, el cuerpo todo el tiempo está diciéndole a la mente: NO MÁS, ME DUELE, DEJA DE HACERLO. Saber esto de antemano es lo que más pesa con la voluntad. Pero en esta nueva etapa he decidido no pensar. Me cambio de ropa y hago ejercicio sin darle chance a mis pensamientos de interrumpir mis actos. Ni siquiera mirar el tiempo que falta. Simplemente lo hago. Y al final, temblando y sudando, me queda la satisfacción de haberlo logrado. A la voluntad la ejercitan los actos y no las justificaciones, eso solo es para las excusas. Con nuestra voluntad cada día es una victoria.
Hacer ejercicio siempre me recuerda que nada que valga la pena viene sin sacrificio, ni disciplina, ni constancia. Nada que no requiera de nuestra fuerza de voluntad para hacerlo trae satisfacción. Pongo mi mente en la meta porque al final se trata de quién quiero ser mañana. Y es que con Dios todo se trata de esto ¿seré arrastrada eternamente por mis deseos o alcanzaré lo que me cuesta?
La vida física y espiritual se trata de esto: la voluntad. Y la voluntad, como los músculos, cuando empieza a ser entrenada y a traer resultados, se fortalece y anima a continuar.

Antes de los resultados, el agradecimiento

Realmente muy pocas personas saben de mi lucha interior por aceptar ser y hacer algo. Todo se puede remontar a mi niñez y el refuerzo negativo de mi temperamento. Hasta hace poco abracé con emoción el ser introvertida, pero antes, lo detestaba porque era como un defecto el estar en silencio y no querer ser amiga de todo el mundo. El tener lapsos de mudez incluso con quienes amaban -afortunadamente comparto mi vida con alguien que lo entiende- en un mundo donde es el extrovertido y el alma de la fiesta quien destaca y aparentemente es mejor. Afortunadamente, el espíritu introvertido siempre me lleva a investigar sobre lo que me gusta o sobre mis dudas, y ahí empezó el proceso para entender qué significaba realmente ser introvertido. Es una fortuna tener este espíritu que siempre me lleva a grandes decubrimientos como el libro: El poder de los introvertidos de Susan Caín. (Mis grandes descubrimientos siempre son libros).
Luego vino el escribir como profesión, otra de mis constantes luchas y mis constantes preguntas -¿y no está completamente ligada a la introversión?-. Mucho he hablado de mi primera novela, porque pocos saben el esfuerzo, disciplina, tropiezos y dolor que significó hacerla. Y lo sorprendida que siempre estuve de poderlo lograr, de tener la tenacidad para terminarla sola. La novela la dejé archivada en el olvido, hasta este año. ¿Qué se hace luego de escribir? No estoy muy segura. Pero este año me arriesgué a presentarla a un concurso -con mis dudas de siempre-. La novela tenía una extensión de 84 páginas y el concurso tenía el requerimiento de mínimo 100. Así que tuve que alargarla. Cosa que tampoco es fácil: añadirle más a una historia ya completa. En mi proceso de inseguridad todo se ha tratado de hacer yo sola lo que debo hacer. Nadie la revisó, y no porque no lo deseara, simplemente no había disponibilidad de ninguna de las personas a quienes les confío estas cosas y saben del asunto. En todo caso, la envié. Solo las personas más cercanas saben de esto.
Y escribo hoy, lo hago público hoy, cuando sale el resultado final porque antes de saber qué pasó con la novela -y sin importar el resultado- necesito agradecerme a mí misma -a quien siempre he tratado tan duramente- por haber llegado hasta donde llegó. En Agosto revisé la preselección de novelas y para mi sorpresa -y las de mis inseguridades- la novela había clasificado para finalista. Creo que fue la primera vez que lloré con tanta emoción y felicidad. El seudónimo con el que mandé la novela fue: Simona Narata. Era cómo le decíamos a Simona, y ver su nombre entre la lista de finalistas fue el recordatorio de Dios: Él siempre cambia el lamento en baile. Ver su nombre fue la restauración del dolor de su ausencia, de la forma más tierna e inesperada.

Entonces pensé que si pudiera dar un discurso por esto diría: gracias a Dios, no como por lo general la gente lo ve y menciona en sus bocas, sino al Dios vivo que me ha mantenido de pie, pues este proceso es tanto mío como de Él, porque mi soledad en el proceso ha estado acompañada de su presencia: ha significado su presencia. A mi esposo, que es el primero en creer en mí. A Camilo Castillo, mi profesor, pues su acompañamiento a lo largo de la carrera y sus palabras quedaron grabadas en mi corazón como una convicción aunque él no lo sepa. A Eric, con quien siempre compartimos esta pasión que nos edifica mutuamente. Y a cada persona que me ha dado su aliento, ha significado mucho.

Aniversario

La palabra matrimonio me hace pensar muchas cosas lindas y muchas cosas que requieren esfuerzo, de hecho, escribí qué significaba el matrimonio de una manera romántica y humana sobre la realidad de compartir la vida con alguien a quien uno le ha hecho la promesa de amarlo siempre. Sin embargo, la verdad es que es injusto con el matrimonio decir que se trata de cosas lindas y difíciles, eso es banalidad. ¿Acaso la vida misma no es así?
Nunca soñé con casarme y aunque conozco bien de esas razones de inseguridad y temor, si soy totalmente honesta, no lo soñé porque creo que casarse, así no más, no vale la pena. El significado del matrimonio para mí lo da algo sobrenatural. Y aunque es difícil de explicar, incluso, de que quien lea esto lo entienda, es la verdad que tengo como fundamento. Ni siquiera se trata realmente de amar o ser amado, ni de la duración de la unión -que siempre está expuesta a fracasar-, ni de tener la boda de los sueños, ni siquiera de construir algo. Creo que todos tenemos esa capacidades en distintas formas ¿o cuántas parejas sin casarse también lo hacen? Desde hace días tengo en mi cabeza la oración “nosotros nos casamos con una promesa” y de eso se trata. Apenas logro desconfigurar de qué trata lo que siento y estoy tratando de decir. No soñaría jamás con casarme, como jamas lo hice antes, si el matrimonio no tuviera consigo un propósito superior al de compartir la vida con alguien. Entonces me equivoqué sobre las banalidades que hablé, que son simplemente implicaciones de la acción. El matrimonio se trata de Jesús ¿qué mejor forma de comprometerse con él que asumir la responsabilidad de un matrimonio? Si alguien me comprobara que el matrimonio no tiene nada que ver con Dios, aunque seguiría amando a mi esposo, el matrimonio no tendría ningún sentido para mí.
Podemos atravesar por las dificultades de la vida, asumir los inevitables y dolorosos hechos de la vida como la muerte de los que uno ama, las peleas, el soportar lo peor del otro y descubrir lo peor de nosotros mismos con nuestros esposos, el rendir nuestro egoísta ser a hacer las cosas bien y no como queremos, la frustración de las cosas que no suceden como soñamos, el tiempo que avanza mientras las cosas no cambian en los momentos difíciles, la falta de trabajo y dinero, las deudas que aprietan por tomar malas decisiones, incluso, las enfermedades que nos desaniman, porque nos sostiene una promesa. Con lágrimas en los ojos y dolor en el corazón podemos caminar porque existe una promesa. Con alegría podemos seguir más allá porque existe la promesa. No es la promesa de amarnos, pues sería insuficiente, quien ama a alguien sabe muy bien que para relacionarnos el amor no es suficiente. Es sobre quien promete. Es algo más allá del deseo de casarse: hay un objetivo y un deber. Ese sentido de que existe una responsabilidad en aquello que deseamos. No solamente el deseo por el deseo. Hay un objetivo para casarse y por eso hay que hacerlo bien: elegir bien.
Hemos vivido el tiempo suficiente para saber que la vida a veces falla, y las personas también; que la alegría caduca y que no podemos controlar nada más que a nosotros mismos, y eso, también, a veces falla. Sabemos bien que la vida por sí misma es insuficiente, que todo es inestable, incluso los sueños parecen un objetivo fluctuante e insuficiente a largo plazo. Lo sabemos bien ahora. Por eso tenemos los ojos puestos en lo invisible. Caminamos en esperanza. Pues encontramos en el matrimonio un camino, entre otras cosas, para ser felices.

Del por qué no me gustan las charlas motivacionales

No solo no me gustan las charlas motivacionales, sino que las detesto. Así como tampoco me gustan los libros de auto-ayuda. Pero en especial con estas charlas motivacionales siempre hay una obviedad que incomoda a la realidad, precisamente por eso, por ser muy evidente. Es como el exceso de color en una imagen. Quizá porque la obviedad trae intrínsecamente la aleccionadora enseñanza de que somos estúpidos. Sinceramente, nunca me siento más estúpida que cuando escucho estas charlas motivacionales, son incómodas para mi existencia. Pero es quizá, también, que las charlas motivacionales traen consigo insensatez. Es verdad que a todos nos gusta oír cosas agradables, y no niego que algunas veces necesitamos el refuerzo de un “tú puedes”, pero la diferencia radica de quien viene. Aprecio los “tú puedes” de las personas que me conocen porque en el fondo creen que puedo, asumo que se trata de la fe y el coraje que depositan en mí y no de la conjugación. Mientras que las charlas motivacionales, cargadas de “tú puedes” no solo son vacuas, sino que son falacias. Éstas charlas llenas de “tú puedes conseguir todo lo que te propongas” son mentira, porque en efecto, la realidad es que no podemos conseguir todo lo que nos propongamos. Alguien tiene que decirnos con sinceridad que no somos buenos en todas las cosas que se nos ocurran hacer y que eso es completamente normal. Somos historias singulares y, por tanto, variantes, de eso se trata la literatura y por eso nos gusta la literatura, porque hay una verdad escondida entre líneas esperando que la desfiguremos, los personajes tienen algo que decirnos que requiere de nosotros los lectores.
Las charlas motivacionales para mí son una palmadita en la espalda, que alienta a hacer no se sabe qué cosa con exactitud, con una emoción que dura una brevedad y al final con la pregunta ¿cuán estúpido debo ser que otro tiene que desmenuzarme la realidad para poderla digerir?

La crisis de fe

Las crisis de fe empiezan en el lado más vulnerable de nuestra existencia. La crisis de fe no es una falla en los esquemas racionales de los dogmas, al contrario, es en una herida, es una falla en la confianza. La crisis de fe es abandono, un quiebre en las expectativas que se engendra en la vida, en los actos más naturales. No dudamos por un factor externo, como con la argumentación del ateísmo, sino que, dentro de nosotros está esa clase de grieta que desemboca en desamparo progresivamente. Un grito de exilio. No podemos más. Es más dolor del que tenemos la capacidad de soportar. El dolor nos ha emancipado. Es la pregunta de dónde está Dios cuando tenemos la espalda quebrada, el alma sangrando, heridos de muerte. O la pregunta de qué sirvió que Dios estuviera si Lázaro estaba muriendo y no va a resucitar. Porque ese es el hecho: Lázaro murió y no va a resucitar.
Me he sentido exiliada dentro de mi propia fe.
Abandonada a mis preguntas.
Una crisis de fe es un camino solitario. Una soledad incomprensible para el resto que nos mira con desentendimiento, que repiten una y otra vez lo que les han enseñado pero que aún no han comprendido. Repiten que Dios es bueno, pero no entienden cómo es la bondad. En el mejor de los casos nos repiten lo obvio, lo que en teoría ya sabemos: que Dios está contigo, aunque no tengan ni idea de la significación de la oración. Ésta gente está mutilada en la empatía y exiliada en su ensimismamiento. No te ve la herida que sangra porque quizá le estorbas en su camino de individualismo, y mejor hace la vista al lado, como el niño que pide dulces en el semáforo, porque es una realidad muy triste de ver. Porque les recuerdas que la vida aunque es maravillosa es frágil, les recuerdas que eso mismo también les puede pasar.
Nosotros somos la teoría siendo puesta en práctica ahora. Estamos haciendo vívido el dogma y nos sangran los pies.
Nadie comprende el camino mudo de la crisis. La quieren erradicar y terminan por culparnos de nuestro sentir. Como si hubiera sido una elección, como si las circunstancias de la herida las hubiéramos creado nosotros. Somos incómodos de ver. Nos copiamos de su mirada desentendida y así mismo los miramos. Nos encerramos en nuestra cajita de abandono y rogamos para que nos encuentre Dios, porque la herida nos está desangrando.
La crisis de fe es el tiempo crudo donde descubrimos lo frágil de nuestra humanidad. Desnudos en nuestro interior. Expuestos a una verdad insospechada dentro de nosotros mismo. Silenciosa. ¿Fue mi fe un castillo de naipes echado al piso como dijo Lewis? ¿O siempre estuvo en el piso y hasta ahora lo descubro? ¿Siempre mi fe fue vaso vencido? Creo que sí. Creo que fui puesta en práctica por tanta teoría.
Déjennos. Estamos mutando. Estamos siendo llevados al desierto con la piel abierta y los pies cortados. Estamos en la tumba y vamos a resucitar. Son nuestros tres días de silencio. Nuestros tres días de frente con la realidad. Es nuestra crisis de fe. Son nuestras lágrimas siendo recogidas una a una. Necesitábamos llorar. Necesitábamos conocer el castillo de naipes que era la clase de fe que teníamos. Y cuando menos lo esperamos, entonces: resucitamos. Porque el tercer día siempre llega.
La cajita de abandono nunca es tal, porque Dios siempre nos encuentra, y para nuestra sorpresa, él nunca se había ido. Nunca estuvimos solos y en retrospectiva – y para ser justos- nuestros ojos estaban tan llenos de lágrimas que no lo podíamos ver.
La crisis de fe es una oportunidad, como ya nos lo había dicho él, de tomar lo peor y -con una clase de poder que no logro entender- convertirlo para algo bueno. Descubrir que es cierta cada letra de lo que llamó Su Palabra, porque tomo nuestro lamento y lo convirtió en baile. Nos está devolviendo la misma proporción de dolor en felicidad, entonces, lo sé, seremos muy felices.
No salgo ilesa como quisiera.
Mutilada pero fortalecida.

Las grietas

Creo que no sé bien, con exactitud, de todos los estragos que el pasado deja. Los corazones rotos no dañan por su abertura sino por sus secuelas. Es que se rompe no es el corazón, es algo más, algo mucho más profundo que no suele recuperarse con facilidad. Algo queda averiado más o menos para siempre si no volvemos los ojos atrás. ¿Acaso no fue la identidad hecha añicos mientras creíamos que eran los sentimientos? Como si fuera cuestión de cursilería o de películas románticas hablar del amor no correspondido, cuando es la dignidad lo que está siendo dañado. No. No. Antes era el amor, eso creía yo, que era el dolor de no sentirse amado, pero hoy sé que es el reiterativo rechazo lo que duele. El sentirse insuficiente siempre. No es la ilusión rota como dicen las canciones. No. Es la parte que queda totalmente afectada cuando la ilusión se rompe, la ilusión es un segundo plano. Son las construcciones detrás de ello que afectan la identidad. Siguen siendo las secuelas de la acción. Es la frustración de siempre querer demostrarle al otro, incluso si ya no nos importa, que valemos la pena, esa necesidad irresuelta de que vea lo que fue incapaz de ver y finalmente demostrarnos a nosotros mismos que lo valemos. Porque nos hace dudar de eso: de nosotros. El amor fallido está de sobra si comparamos a la persona rota que queda tras la búsqueda de la aprobación. ¿Pero por qué? No sé. Asumo mi tesis de que el tiempo no resuelve nada, que es solo el polvo sobre la porcelana que sigue estando rota. Lo que superamos, por supuesto, es la ilusión rota que ya no es ilusión en absoluto, así que desaparece; y el amor no correspondido ya no importa porque ni siquiera existe, así que no tiene ninguna necesidad de ser correspondido. Siguen siendo las secuelas de lo otro, ahí, escondidas, como si no existieran pero están invisibles. Sigue estando la herida de haber sido rechazado, insuficiente, herido, relegado. Sigue la persona del pasado encerrada en esa grieta que el tiempo no curó. Y es que no lo cura. El tiempo en sí mismo no tiene la capacidad de sanar nada.

Y para mí eso es prueba fehaciente de que se necesita un elemento sobrenatural para curar la grieta.

El hobby de escribir

Cuando escribí mi primera novela tenía en mente una escena de mi vida, una sensación, un imaginado de la adolescencia: el interrogante de cómo sería la vida sin mí. Es un recuerdo vívido, aunque irrelevante, estaba acostada y tan solo imaginaba que había muerto pero que podía verlo todo. Trataba de recrear las reacciones de todos y allí mismo, en la cama, lloré por mi ausencia imaginada. A raíz de esto escribí mi primera novela. La verdad no sé por qué, no podría describir ni siquiera qué me llevó a pensar en ello aquella vez, pero esa imagen que luego transforme en novela -como la escritura y la imaginación lo permitieron- me recuerda lo que es escribir. La novela es parte de lo que toda la vida me he preguntado ¿quién soy? ¿Quiénes somos? Y escribir es otra de esas interrogantes.
Quien escribe como un hobby no entiende del lastre que arrastramos quienes lo hacemos por necesidad. El aficionado encuentra tema, une palabras, hace oraciones y, a lo mejor, saca una conclusión obvia al final, termina el texto, siente el deber cumplido, como quien termina una tarea y, seguramente, se mirará al espejo y se dirá que escribir es algo que puede hacer; se dirá: yo puedo ser escritor.
Clarice Lispector dice que escribir es una maldición. El aficionado no podrá sentir esto, no podrá entenderlo porque es romántico con su idea de la escritura, porque por lo general, no es genuina. No está, como el resto, preguntándose qué es escribir ni por qué hacerlo. No siente el lastre, porque bien un día podría no hacerlo y su vida seguiría igual. El resto, estamos atrapados en esto.
El escritor es artista porque tiene un visión de mundo y todo el tiempo está tratando de descifrarla. El escritor es observador e introspectivo, volcado siempre a algo más allá. Tratando de atraparlo. El aficionado no lo entiende, porque no siente el despropósito en los demás empleos u oficios. Jamás entendería a Bukowski cuando escribió “Tenía dos opciones, quedarme en la oficina de correos y volverme loco… o salir y jugar a ser escritor y morirme de hambre. Decidí morir de hambre”. No entiende que su sentido de utilidad está atado a la escritura. No siente la presión ¿qué es un escritor? El aficionado creerá que escribir salva, que escribir es conectarse con las personas, que tiene algo importante que decir. No ha descubierto que no es cierto y quizá jamás lo haga.
Escribir es un modo de existencia. Escribir es una obligación imperativa del ser. No se puede desechar, no se puede ignorar. Escribir es la manera en la que se entiende el mundo. Es indispensable.
Cuando murió Simona, el dolor era de una magnitud insoportable, y recuerdo la primera noche tras su muerte, la recuerdo como me recuerdo acostada imaginando mi ausencia, es algo vívido, aunque no he hablado de ello con nadie. Esa noche -la más larga de mi vida- fui el dolor. Los días siguientes empezó el duelo y la crisis de fe, y lo único que pude hacer fue escribir. Fue muy doloroso, pero incluso así, no podía dejar de hacerlo. Me recuerdo teclear y llorar al tiempo, entre más escribía más lloraba, más dolía. Pero no tenía otro modo de ser. Lo recuerdo porque ahora entiendo cuán ligada estoy a la escritura. Cómo escribir es algo de lo que no se escapa.
Fue como con Dios, bien había querido renunciar a él, no sé bien por qué, imagino que es una de esas manifestaciones del dolor que busca culpables y remedios, acciones para materializar y curar. De verdad, yo quise renunciar a Dios, y a la escritura, y a la vida también, pero sentí que estaba atrapada en esas renuncias: no podría hacerlo jamás. Lloré amargamente. Y escribí sobre el dolor de sentirme atrapada en las cosas que me daban libertad. Es que escribo por una clase de obligación inevitable de mi existencia. Un modo en el que viene codificada mi alma. ¿Lo entiende eso el aficionado? ¿El que ve en escribir un hobby y no un obligación con la vida, consigo mismo?
Yo no me inventé todo esto.
Esto es toda mi vida preguntándome por qué escribir. Me hubiera gustado una vida más sencilla, quiero decir, sin el lastre. Una vida que sienta utilidad en las cosas simples, que se conforme con ser cualquier otra cosa y no esté con la presión en el pecho que dice que el alma se quiebra si no es con esto. Una vida que llore la aspereza sin tener que acostarse en la cama y pensar en ella en una especie de bucle cíclico. Una vida que se sienta satisfecha con sus roles y no esté inquieta pensando en las letras. Una vida sencilla sin el compromiso, solo con el hobby.

De los cambios y el pelo corto

Las mujeres nos cortamos el pelo porque queremos materializar algún deseo de cambio. Queremos sentar el precedente de que la vida es distinta -o al menos eso anhelamos. A mí me pasó al revés, me corté el pelo y a los pocos días la vida me cambió.
Y es que el pelo corto cuando crece se vuelve insoportable, o así lo siento: no es lo suficientemente largo ni lo suficientemente corto, no tiene forma, no quiere ser. Conté con los dedos los meses que llevo sin cortarlo desde aquel cambio de look radical. Uno, dos, tres, cinco, ocho meses. Ocho meses.
Ocho meses.
Me toma por sorpresa la cantidad de tiempo que puede pasar desapercibido, como una cachetada. Ocho meses desde que me cambió la vida y el pelo me lo recuerda. Ocho meses desde que murió Simona ¿cuánto tarda el olvido? ¿Acaso creció su recuerdo entre los centímetros de pelo nuevo?
No es mi precedente de una vida distinta. No quise una vida distinta. No la pedí. Hubiera querido la misma vida de antes, sin las nostalgias, sin las ausencia. Un montón de pelo viejo y largo con las mismas cosas. Con la vida y la respiración. Sin el dolor de perder a quien tanto amo.
Un pelo corto y su recordatorio de que la vida sigue, inevitable y afortunadamente.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑