¿Por qué escribo sobre escribir?

La gente se preguntará por qué escribo tanto sobre escribir. Bueno, es una pregunta eterna e interminable. Pero creo, sobre todo, que se trata de una relación amor-odio con esto. Se trata de mí y no de la escritura. Se trata de mí en la infancia escribiendo cuentos más largos de los solicitado por mi profesora. Se trata de mi diario a los 9 años y los cuadernos llenos de palabras producto de mi sentir desde los 13 años. De tomar la decisión de estudiar creación literaria. De escribir una novela y tres años después, escribir aquí, en privado, que no entiendo cómo lo hice y que creo ser incapaz de hacerlo de nuevo. De empezar otra novela y sentir que no podré terminarla. Ese tipo de creencias que son convicciones incomprensibles por la racionalidad, ancladas en mi cabeza. Siempre la escritura se ha tratado de mí. De aceptar. Ay, la aceptación, siempre fracasa en las frustraciones. Pero está bien, la vida es difícil, la vocación también.

Se trata de mí, porque también escribo para mí, como ya antes lo he mencionado en un texto que aún no está listo para salir, entonces lo repito. Se trata de todas las personas que se cruzaron en mi camino con una certeza en sus palabras, con convicciones sobre mí en su boca. Un grito de esperanza para un corazón inseguro. El mío. Entonces escribo sobre escribir por eso, para anestesiar el miedo al fracaso y reafirmarme que no importa fracasar, que no importa el miedo cuando afronto escribir o exponerme. No importa más que el deber que siento con esta vida que me dieron. Esta obligación agridulce de escribir-me.

Si escribo entiendo.

Si escribo sobre escribir evado la ardua labor de hacerlo. 

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Mi manifiesto, mi filosofía y mi bandera

No sé a qué edad exactamente empecé a sentir que la vida no tenía sentido. No era un acto poético sobre la existencia que me hiciera sentir especial, por el contrario, era una angustia asfixiante. El despropósito se apoderó de mí y las cosas las hacía por inercia. Lloraba y sentía que ni la diversión valía la pena. Todos los planes -superfluos o trascendentales- me parecían que terminaban con las preguntas ¿y qué, para qué, luego de esto qué? ¿Para qué ir al cine? ¿Para qué reír? ¿Para qué casarse? ¿Para qué vivir? Luego escribí, como un manifiesto que anestesiara la desesperanza y que se convirtió en mi filosofía, mi bandera: la vida no tiene sentido más que en sí misma.

Cuando me estrellé con el cristianismo debo admitir que la idea de tener un propósito, incluso, que el propósito mismo fuera ser creada para Dios y ser amada, no me llenaba de mucho sentido. Fue una respuesta insuficiente para una demanda tan profunda y tan anclada en mí. Seguí insatisfecha, pero con la certeza que la puerta que había cruzado con el cristianismo era trascendental. Poco a poco fui saliendo del despropósito y jamás pensé de nuevo en ello. Hasta hace poco.

De mi crisis de fe he dicho poco, casi nada, solo que es un camino solitario. Supongo que, también, profundamente reflexivo e irónicamente esperanzador. Ya sabía que después de tanta muerte pasándome tan cerca, llevándose a quien amaba, yo ya no sería la misma. Muté. Hubo un momento particular de la crisis, y fue el hecho de sentirme estancada en Dios. Inevitablemente y sin remedio atrapada en Él. Al inicio sentí que era inmune al ateísmo, pero jamás vi venir el abandono dentro de Dios. Otra clase de desesperanza que decía no poder salir aunque quisiera. La resignación del naufrago que se quedó para siempre en la isla sin el consuelo de que al menos no se ahogó en el mar. La puerta se había convertido en cárcel. Un día en la iglesia, mientras lloraba como era típico es esa época desde que murió Simona, recordé el primer día que estuve allí y los días siguientes cuando sentada pensaba y sentía la imposibilidad de llamarme a mí misma cristiana algún día. Luego recordé que unos meses después, en ese mismo lugar, tuve la revelación del milagro que representaba que yo estuviera ahí, llamándome y sintiéndome cristiana. Luego de recordar eso, mientras seguía llorando, sentí un atisbo de esperanza, de alguna manera, estaba nuevamente ahí como esas primeras veces, con otra clase de imposibilidad en mi sentir, pero con una nueva certeza: si Dios pudo esa vez, entonces podía volverlo a hacer y ciertamente lo haría. La cárcel abrió su puerta.
Seguí, como esa vez primera y como siempre he asumido el cristianismo desde que se me presentó, avanzando a pesar de. Seguí con la cárcel, el dolor, los matices de desesperanza, la crisis de fe, la lucha mental, las preguntas, la tristeza de recordar a los que no estaban y la nostalgia horrible de saber que no volverían.

Seguí.

Seguí.

Seguí.

Sigo. 

Entonces hace poco alguien me hizo caer en cuenta de algo que no me había preguntado. ¿Y si me quitaran a Dios? En el dolor es distinto querer salir de Dios y saber que no se puede, aunque uno lo descubra déspota -y generalmente esa es la razón por la que se quiere salir de él, aunque él no lo sea-. Pero volver a lo básico y preguntarse qué haría yo sin Dios, es volver al inicio. Descubrí, como una revelación, que mi vida no tendría sentido sin Dios. Que volvería la desesperanza y las preguntas después de todos los actos ¿para qué todo en el mundo? Volvería el llanto y el despropósito. Dios es el flotador que me mantiene en la superficie.

Jesús es mi manifiesto, mi filosofía y mi bandera. 

La locura

¿Fue acaso aquel fatídico día de la locura de mamá? Si rememoro y trato de hacer un croquis exacto de qué sentí aquel día, podría decir que fue uno de los peores. Apenas 14 años y la muerte se había aproximado a casa, pero no tanto, no tan cerca, porque no me afectaba de una manera contundente ni directa. Murió el abuelo a quien pocas veces había visto, de quien tenía recuerdos vagos y llamaba abuelo con desconfianza, como si no estuviera segura de que le correspondiera el título. Como si diera igual decirle abuelo o Parmenio. Me daba igual, era casi un extraño a quien conocí mejor en los años posteriores con las charlas de mamá. Pero su muerte trajo uno de los peores días de mi vida. No por la consciencia de que morimos -que adquirí después con la muerte de otro tío-, sino porque mamá enloqueció y yo nunca enfrenté algo parecido antes, ni después. Mamá lloraba, lloraba y lloraba, casi abandonada porque nadie más lloró con ella en casa, nadie entendía su dolor, perdió a su papá ausente, pero su papá al fin y al cabo, su papá a quien amaba. No recuerdo ni el funeral, ni el entierro, solo recuerdo el dolor de mamá. Lloraba y no dormía, y nosotros, el resto, ajenos a su duelo como si en cualquier momento la vida pudiera seguir su rumbo, como si fuese una pausa.No fue una pausa. Fue un giro. Ella apenas comía, solo lloraba.No sé cuántos días después, quizá dos, mamá enloqueció. 


Recuerdo que el fin de semana siguiente, unas hermanas de mi papá nos habían invitado a almorzar, estábamos recién levantados y mamá, que siempre despertó antes, estaba en el primer piso. Con sus ojos tristes mamá llegó hasta la habitación de mi hermano donde estábamos, si mal no lo recuerdo, mi papá y yo hablando. Entonces dijo con un voz triste, lo que sería una de las peores noticias que yo sentí recibir en mi vida: creo que estoy embarazada. Nunca antes los embarazos habían sido tan terribles. Perplejos es decir poco. En segundos imaginé un bebé en casa y la sensación era horrible. Pocos minutos después cuando mamá volvió a bajar a la cocina, escuchamos un gritó desgarrador que invadió la casa. Corrimos con el temor de que algo malo le hubiese pasado. Mi hermano, que estaba abajo, la tenía abrazada y ella había perdido la cordura. Recuerdo que decía «todo es nada, nada es todo. Alfa, omega. El principio y el fin» con sus ojos perdidos en la nada. Yo empecé a llorar desesperada y le decía que no más, que se tranquilizara. Ella parecía no escuchar. Al poco tiempo se repuso un poco, como si nada hubiera pasado, como si hubiera salido de un sueño en el queda medio dormida. Al rato, recuerdo subir nuevamente y ver por primera vez en mi vida a papá en su habitación llorando, me dijo que él podía lidiar con cualquier cosa de mi mamá, pero no con eso, que no sabía como lidiar con la locura. Lloramos juntos. ¿Y si mamá había enloquecido? ¿Y si con el abuelo perdimos a una mamá también?

Se recuperó un poco más, coordinaba con mucho esfuerzo, reía fingidamente. En casa de mi tía almorzó con mucha calma, estaba recuperando sus cabales. Hablamos con mis tías, papá confesó que realmente ella no había dormido en esos días nada, que daba vueltas en la cama y lloraba. Concluimos con esperanza que su estado de locura era producto de la muerte del abuelo y no poder dormir. En casa, esa noche, por primera vez después de la muerte del abuelo, pudo dormir. Al otro día, mamá volvió a ser la mamá de siempre, no sé bien si ese mismo día o días después dijo que no, que no estaba embarazada y la calma volvió a mí. La normalidad estaba retomando su rumbo y volviendo tomar forma. No volvimos a recordar ese día. Pero es posible que haya quedado algo en mi mente que me acompañaría con los años: esa idea alterada de que lo natural puede ser el peor horror. 

Carta a Dios

Cuesta un poco creer que el aprendizaje empiece en la torpeza, con la piedra que tropieza, que no hay una clase que nos prepare para vivir y que necesitemos de la práctica para hacerlo. Cada día es aprendizaje. Cada día aprendo a superar mis incapacidades. El día de ayer se llamó temor a salir, pero hoy, a una escala menor pero intensa, supero la pereza, las ganas de no hacer nada. ¿Y eso no es en sí mismo una victoria? Creo que sí. Me veo victoriosa. Victoriosa de las nimiedades. Victoriosa de verdad. Porque cada pequeño logro está en ser. Me seguiré preguntando quién soy y miraré tu rostro asomado en el espejo cuando el corazón descolocado quiere explotar de la presión, te he visto allí, tras de mí, dentro de mí. ¿Fue esto lo que siempre busqué en el reflejo? Tus ojos anhelantes. Tu seguridad confiada de que en ti está todo. Me seguiré preguntando quién soy y en ti veré la respuesta. Hasta el día que me parezca a tu fe. Hasta que sea lo qué dices que yo soy. ¿Cómo es posible que pueda amar algo que no veo? ¿Que me pueda estremecer hasta lo más profundo, hasta lo indecible, con lo invisible? ¿Cómo puede ser real esto que parece desaparecer cada instante pero nunca cesa? ¿Cómo es que esta paradoja es verdad? No lo entiendo pero lo sé. No lo entiendo pero amo, te amo. No comprendo pero estremezco. No cesas. Quizá no me buscaba a mí cuando me preguntaba quién soy, quizá solo preguntaba por ti, quería saber dónde estabas. Y mientras lloraba amarga, tú en silencio, en medio de mi incapacidad de verte, recogías mis lágrimas. ¿Y cuántas son? ¿Acaso secaron? ¿Acaso aquel tarro donde recogiste mis tristezas inmortalizabas agua sin sequía? ¿Y con mis llantos me tejiste un vestido para salir de fiesta cuando te viera? Y es de agua que refresca, que no seca, agua viva. Todas las piezas encajan contigo. No importa cuál es la historia todas llevan a tu desenlace. ¿Cómo es que tu color lo tiñe todo? ¿Cómo es que tú eres la luz que lo ilumina todo? Ningún sentido figurado, es bajo tu luz que todo tiene sentido. Que las cosas son más que cosas, son verdades.  Tú eres la respuesta a todas mis preguntas. Me seguiré preguntado y siempre serás tú. Me seguiré viendo al espejo mientras salgas a mi encuentro. Ver tus ojos misericordiosos porque esa es tu virtud. Tu voz como un susurro en el centro de mi pecho. ¿Cómo es posible tener el honor de pertenecer a tu familia? Me has llamado. Y me has llamado tuya. Has dado a mi errático andar un camino. Y al final, en ti, encuentro mi morada. Y en paradoja, yo soy tu casita. Somos habitantes mutuos de una forma de existencia que no comprendo, pero no podría ser distinto, no podría ser de otra manera.  Mi punto de encuentro cuando me pierdo. ¿Acaso puedo perderme de ti? ¿Puedo irme tan lejos a un lugar donde no me encuentres? ¿No me encontrarías? No podría escapar de ti. Tú eres el encuentro. Tú eres esta capacidad dentro de mí, tú eres letra y palabra. Honraré siempre esto que somos, que soy bajo tu luz. Bajo el delicado manejo de tu comando. Qué fortuna tengo de encontrar tus ojos y tus manos. Qué fortuna poder verte y tener la seguridad de que eres. Siempre eres tú. No lo merezco. Jamás lo mereceré pero viviré para recordar con gratitud lo inmerecido de pertenecerte.

No entiendo cómo en tu nombre están todas las cosas buenas, todo lo que necesito para vivir. Que tu amor sea el amor, que amar no solo sea tu atributo sino que seas tú; y cuando te amo, soy contigo. Tengo la capacidad de ser eterna porque te tengo a ti. Sé que en ti están todas las cosas que amo y que a ti irán cuando no estén, porque guardas lo que me importa. Sé que tienes en tus manos todo lo que amé y se fue, lo que amaré por siempre aunque ahora sea ausencia. Todo inmortalizas por amarlo, porque tiene lo que eres, porque está hilado de ti. ¿Podría estar en mejores manos que en las tuyas? Aunque me cueste entenderlo, tengo la certeza de que no. Tú eres las mejores manos. No puedo explicar la alegría de tu abrazo, de sentirte tan cerca aunque invisible puedas ver el poro contraído, la piel chinita que te ama, que se reconforta contigo. Que se reaviva con tu existencia. Decir que eres todo es tan pequeño para contener la realidad muda de un lenguaje que no tengo la capacidad de hablar, pero en esta imitación del lenguaje humano, contenerte en «todo» es verdad y siempre insuficiente porque eres más, siempre mucho más. Qué alegría amarte y llamarte mío, porque nos pertenecemos para siempre. No cesaré de salirte al encuentro hasta que el corazón pare de latir y sepa que he vuelto a mi hogar: TÚ. 

Envejecer

Nunca había sido tan consciente del paso del tiempo como hasta ahora. Mi tendencia a la nostalgia siempre me tiene reflexiva respecto a las etapas, me sorprende de una manera muy llamativa la mujer que dejé atrás, lo irreconocible que me resulto cinco, diez, quince años atrás. El mutar de nuestro ser dentro del tiempo. Pero no me había percatado, a pesar de la obviedad, que en efecto envejecemos. Me aproximo silenciosamente a lo que siempre vi como «grande». Lo sabía, claro, pero ¿realmente lo sentí? No. Ayer estuve cuidando a la sobrina de mi esposo, a quien he visto crecer desde que tenía dos años, y mientras ella dibujaba y yo arreglaba la casa puse música, entonces, yo que amé con locura en mi pre-adolescencia a Britney Spears suelo tener ganas de escuchar su música, que es tan familiar para mí, así que lo puse y le dije a Sofía que esa era la música que yo escuchaba cuando tenía 10-12 años. ¿y quién no puede amar You drive me crazy? Pues ella, ella con siete años me dijo que esa música no le gustaba, que era rara. ¿Rara? Nada más familiar para mis oídos que Britney Spears. Y ahí, en ese momento, entendí que ahora yo soy la clase de persona que pone la música rara de su niñez, como le decía a mis papás con sus boleros y música de plancha. Y entre otras cosas, ahora soy la mujer que tiene la capacidad de cuidar a un niño y ni siquiera me había percatado. 

Cambio climático

Pronosticaron lluvias para abril. Es mayo y salió el sol otra vez. No confío en los pronósticos por el cambio climático, y aún así, logra llover cuando estoy triste. Es el fenómeno de la niña. El fenómeno de la mujer agotada. Y llueve sin pensarlo, sin pronósticos ni tener en cuenta lo que dice la aplicación del clima. 17 grados, pero por dentro bajo cero. Sale el sol y de pronto el cielo gris y las nubes agua. El efecto invernadero. El efecto tristeza como etapa de la vida y de mis rincones profundos. Y vuelve y llueve, vuelve la gotera sobre el techo tic-tac. Vuelve el agua que no lava nada. Mis pensamientos siguen intactos a pesar de la lluvia. Que son todos gotas y nosotros somos una isla. Náufragos. Llueve y cierro las ventanas, la ropa no se seca pero nosotros por dentro estamos secos ya. Afuera lluvia, adentro nada. Subimos el volumen porque las gotas sobre el tejado suenan más duro que la serie en el televisor. Nunca más duro que mis pensamientos.

El cambio climático me recuerda que a veces llueve pero siempre sale el sol. También.

Por qué el amor y por qué duele tanto el amor cuando abandona

27 agosto 2018

En este lugar de soledad impuesto por el abandono repentino de quien uno ama tanto, tanto, me ha surgido la necesidad de explicar por qué el amor y por qué duele tanto el amor cuando abandona. Ha de ser, estoy casi segura, por la manera en la que vine diseñada al mundo. Y lo he aceptado – aunque me ha tomado 27 años-, he aceptado ser de este modo irremediable y acogedor que siente en exceso, no diré que más allá de los límites normales porque ¿qué es un límite normal? Más bien diré que mi límite es un poco más extenso en cuanto a amar y a los sentires. Aunque es bello es triste también, como contraste. Porque ese es el punto, el lugar de soledad impuesto, es figurado pero tan real. Entonces lo debo explicar, no sé por qué, debe ser parte de mi ser, el que he aceptado, el deber de escribir que ruge dentro de mí. En mí no hay ninguna verdad salvo la verdad que me sostiene, pero no es mía, es de alguien más que me la regaló y corre por mi torrente sanguíneo porque sé que es la verdad. Pero mi escritura, mi deber de explicar, no es una lección para aprender, es la simple necesidad. Por eso estoy aquí, asumiendo la responsabilidad de contar. ¿Tendría que contarlo si me sintiera comprendida? Me ha surgido la duda mientras escribo y creo que no, pero es que a veces también me resulto incomprensible. Porque sobreabundan los sentires pero es etéreo. Ni siquiera sé si estoy logrando lo que se supone deseo hacer, pero este escrito es también para mí, estoy tratando de descubrir/desconfigurar lo que hay. Me toca escribir para explicarme ¿Alguien lo entiende? 


Es solo un perro. Busqué por Internet cuánto tardaba el duelo por un animal. Lo juro, lo busqué, porque me sentí culpable de sentir un dolor profundo por un animal. Porque es solo un perro. Pero no era solo un perro, como un objeto que pueda ser reemplazado. No era algo, era alguien. Y aquí esto es importante, porque las cosas son solo eso, no trascienden ni suscitan amor; las cosas no enseñan nada y a mí Simona me enseñó mucho. Las cosas no tienen voluntad y esto también me parece importante para entender por qué un perro es alguien. No sé qué clase de voluntad tienen, pues esto no es una investigación ontológica sobre las voluntades de los animales, es solo un escrito sobre mi observación y mi experiencia de amarte tanto, mi perrita. Sí. Por esa voluntad que hace a los perros seres particulares en su singularidad y no una masa homogénea llamada canis lupus familiaris, es que no es un asunto menor el de amarlos, no es un afecto de segunda categoría. Entonces no, no es solo un perro, es un perro, es mi perro. Y es de vital importancia que reconozcan en él mi amor y mi dolor, ahora que no está. A veces se siente terrible asumir esa conjugación. No está. No va a volver. Nos ha abandonado a todos. Y bien deben saber todos que el amor no se extingue por la ausencia, porque el amor está hecho de material eterno. La amo. Así, en presente. No es pretérita aunque no esté. Va más allá de la conjugación. 


Cuando murió Simona, morí yo también. Estaba recién casada, entonces su muerte fue el fatídico anuncio de que jamás se podía volver atrás, de que la vida que conocí había sido arrancada con su muerte. La habitación en la que crecí en casa de mis papás murió también. Todos supimos que mi vida había sido abruptamente arrebatada junto con ella. Ahora reposaba el estudio allí, porque era demasiado doloroso pasar junto a la puerta donde aún cuelga una calcomanía en metal que lleva mi nombre y saber que ninguna de las dos estábamos donde siempre habíamos pertenecido. Y yo lo supe bien e inmediatamente cuando todas las paredes de la casa de mis papás se me volvieron tan extrañas y ajenas. Este ya no sería jamás mi hogar. Es solo un perro, pensaba mientras cerraba los ojos y trataba de encontrar un poco de consuelo en esa sensación horrible que se apoderaba de mi estómago y permeaba todo al rededor. Y miré a mi esposo y le dije que no podía dejar de llorar pues mis lágrimas se habían escapado de mi control. Lloro al escribir esto -y sé que no lo debería hacer- pero encuentro un poco de alivio. He encontrado este recuerdo, con estas palabras exactas -en su medida-: ha salido a la luz. Ya no es abstracto dentro de mi interior. Ya no me lo voy a poder encontrar de repente. Ya no me puede herir ahora que está aquí. Y es curioso, porque al revivir esto, no pude evitar pensar en una parte de mi novela ¿con que así es como verdaderamente se sintió aquel personaje? ¿Cómo es posible que haya vivido lo que imaginé? Es solo la imagen de pasar junto a la puerta, de la habitación vacía llena de ausencia y dolor. La ficción se hizo realidad. 
Tenía que decir esto porque parte del duelo es este detalle tan profundo en mi interior. El sentir que mi vida fue arrebatada junto con ella. Pero, hace unos meses, era toda dolor y llanto, y no podía encontrar las palabras exactas para expresarlo. Pero ahora que el presente es mejor, que el llanto disminuyó casi hasta la desaparición, lo puedo describir claramente. Quizá por eso la culpa se fue. Porque no era solo un perro, se trataba de ella en su singularidad y de mí. Ese pequeño detalle que convertía el duelo en algo más profundo. Se trataba de algo que se había quebrado en mi interior con su ausencia. Las secuelas de la muerte. Aceptemos el hecho con dignidad: ya nada nunca va a volver a ser como era, ni siquiera el futuro.


¿cuánto tiempo tarda en agotarse la nostalgia que está sobre las cosas ordinarias? ¿Cuando vuelven a su cotidianidad de objetos? ¿Cuando la simpleza de las cosas dejan de suscitar el pasado? ¿Cuando la realidad se vuelve rutina y no remembranzas? 

Sobre el porqué odio las charlas motivacionales

Mucho leo en redes sociales sobre cosas como: te odian porque se odian a sí mismos, te ven grande porque se sienten pequeños; entre otras cosas por este estilo. Creo que puede ser reconfortante leer esa clase de cosas, porque pone un culpable y nos declara inocentes, pero el problema es que invisibiliza algo: nosotros también somos o tenemos un problema, una fallita en nuestro carácter. Nosotros podemos ser los que se odian a sí mismos o nos vemos pequeños, aunque eso sería una sensatez reconocerlo. Pero la realidad es que, nos guste o no, lo queramos ver o no, a veces nos odian porque somos antipáticos, groseros, amargados, mala gente, a veces la gente nos ve grande no por sus propias incapacidades, como siempre sugieren las frases, sino por nuestros propios defectos, quizá nos ven grandes porque estamos subidos en una montaña de arrogancia y prepotencia; en otras palabras, por nuestros propios méritos hemos generado esa sensación en los otros. Y es por eso que odio esas frases,  porque nos dicen que todo está bien con nosotros, que son el resto los que están mal, el resto son los envidiosos, los que son insoportables; que no nos preocupemos por nuestra forma de actuar porque el problema está en los otros, y eso de ninguna manera puede ser cierto. Siempre, dentro de nosotros hay algo desagradable con lo que tenemos que trabajar. El problema de esas frases es que desvían la mirada a lo realmente importante: ¿qué parte de mí está provocando eso en los demás? ¿Qué defecto tengo yo que como resultado es molesto para los otros? Por eso amo el cristianismo, porque nos invita, siempre, todo el tiempo, a ver dentro de nosotros lo que está mal, que examinemos lo que estamos haciendo. No busca que nos sintamos bien con nuestras fallas, ni que busquemos enemigos afuera; nos invita a que dejemos de estar cómodos en la marranera de nuestras imperfecciones y que si el otro nos envidia, se odia a sí mismo o se siente pequeño, entonces oremos por ellos en vez de reconfortarnos con sus debilidades. Que dejemos de ver en las fallas del otro un motivo para enorgullecernos de nosotros mismos.
PDT: Por eso odio las charlas motivacionales.
PDT2: Dejen de compartir frases de Daniel Habif.

31 de diciembre 2018

Cuando conocí a mi esposo tenía una super mejor amiga. Y en realidad fue lo que una mejor amiga podía ser: incondicional, alegre, alguien que celebraría el cumpleaños de la mamá cuando uno no pudiera o no estuviera, cuidaría al gato y tendría llaves de la casa para alimentarlo. La conocí y recuerdo su risa contagiosa y su espontaneidad.
Por vicisitudes de la vida, ella empezó a quedar en el pasado, hasta que empezábamos a preguntarnos de tanto en tanto qué sería de su vida. Quizá no fueron vicisitudes sino estupideces – a la luz de este presente- incluso de las más graves: que se muera un hermano y ella desaparezca, pero ¿qué es esa falla frente a todas las demás cosas buenas que hizo y fue? Quizá demasiado, en su momento, pero ahora, nada, absolutamente nada. Y me ha dado bastante en qué pensar.
Hace tres días mi esposo recibió la noticia de que ella estaba muy grave, había sufrido tres infartos en un día luego de una semana hospitalizada por unas convulsiones que tuvo, sin que nadie supiera qué pasó con ella, ni médicos, ni familiares. No son la clase de noticias que uno espera cuando se pregunta por alguien. Ojalá hubiera sido una foto en Facebook anunciando que se casó o que de vacaciones salió de viaje a Europa o al fin del mundo que ella quisiera ver -¿y cuál sería ese?
Pero no, después de dos días de desalentadores pronósticos y una muerte cerebral, su cuerpo descansó y murió un día antes de fin de año. Una mujer que no superó los 35 años. Una tristeza tenue pero constante se instaló en nuestro corazón. Las preguntas son estériles, pero no dejo de pensar una y otra vez en si todo es realmente tan grave cuando las personas que quisimos tanto, tanto, tanto se alejan o si es estrictamente necesaria sacarlas del camino o será, más bien, que todo se trata del perdón ¿esto fue lo que dijo Jesús? ¿70 veces 7?

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